La Cúpula de El Capricho: fuego, silencio y buey.
En marzo, del 3 al 27, El Capricho vuelve a encender el fuego con sabor a viaje. José Gordón inaugura las XXII Jornadas Gastronómicas de exaltación de las carnes de buey, inspiradas en su reciente travesía por Australia junto a Diego Zárate.
De aquel recorrido por paisajes en —llamas, razas únicas y técnicas ancestrales del fuego— nace un menú que une dos mundos: la esencia leonina del buey y el espíritu salvaje australiano.

La Cúpula: donde el alma encuentra señal
Este año, además, la experiencia se eleva —literal y simbólicamente— con la apertura de La Cúpula, el nuevo espacio que José Gordón, y con la participación del estudio de arquitectura RCR, han concebido como un santuario del origen.
Allí no hay cobertura móvil ni ruido exterior. Sólo el silencio, la piedra y la llama. Un lugar donde la conversación baja de tono, la mente se desacelera y el alma, de pronto, encuentra señal.
En La Cúpula el tiempo se saborea. Cada plato parece hablar —sin palabras— de memoria, de respeto y de raíces.
No es una sala, sino una experiencia introspectiva: un viaje interior que empieza en el fuego y termina en el silencio.

El camino hacia el fuego
En Jiménez de Jamuz, el aire huele a rescoldos y tierra húmeda. Llegar a El Capricho es adentrarse en un territorio donde el tiempo se toma un respiro. Las brasas laten despacio, y cada corte de carne es tratado como si fuera materia noble.
En estas Jornadas, el menú se convierte en un relato de viaje: Australia reinterpretada desde la mirada de León.
Desde los primeros aperitivos hasta el último bocado, el fuego es el hilo conductor. Se reconoce la técnica, la paciencia y la devoción por el producto. Las texturas, los matices, la pureza del sabor: todo remite a un único gesto —la reverencia por el animal y por la tradición.

El Chano
Escoltados en todo momento por un vino que elaboran en viñas viejas en su propia finca, El Chano, cosecha 2019, un coupage de Garnacha tintorera, Mencía, Palomino y Prieto Picudo.
Fresco, sedoso, fácil de beber, nos entrega frutos del bosque, cerezas, regaliz… sabrosamente goloso.

El viaje comienza con sutileza, con bocados que despiertan los sentidos y anuncian la narrativa del fuego. La mantequilla ahumada con pan de algas abre la experiencia con un guiño al mar y a la brasa: untuosa, aromática, un inicio que insinúa territorio y técnica.

Le sigue el uramaki de gamba blanca con nuestro steak tartar, un juego entre oriente y occidente, entre el sabor del océano y la carne roja que define la casa. Un bocado fresco, preciso, que traduce la curiosidad culinaria de este viaje.

El ñoqui frito relleno de chacina con salsa sweet chili funde tradición y contraste: el alma leonesa en diálogo con el toque dulce y picante del sur del Pacífico. Textura crujiente, corazón sabroso, sabor que sorprende.

Y como preludio a la parte central del menú, el carpaccio de solomillo de buey, lomo de atún y nuez de macadamia rinde homenaje a la pureza del producto: tierra y mar en un solo plano, la grasa yodada del pescado y la elegancia de la carne en equilibrio perfecto.

El tortelloni con bechamel de cecina, mantequilla tostada y salvia es pura elegancia: un guiño a la pasta italiana con alma leonesa, donde la intensidad de la cecina abraza la untuosidad y el perfume vegetal.

Le sigue la chistorra de buey con chimichurri y ensalada de cherry, un golpe de frescor y picante que equilibra la potencia de la carne con el verde del aderezo y la acidez delicada del tomate.

El ramen de presa, col china y huevo introduce el acento oriental que José y Diego trajeron de su experiencia australiana: un caldo profundo, reconfortante, que une la técnica asiática con el espíritu de la despensa de León.

Y para cerrar este tramo, el pincho de mollejas con verduras y salsa barbacoa: textura, humo y brasa. Un plato que recuerda al origen del fuego, al dominio del punto y al placer de lo esencial.

El viaje culmina en el fuego y la dulzura. La chuleta de buey llega a la mesa como el latido final de la jornada: carne roja de maduración prolongada, jugosa y profunda, con ese perfil de humo y brasas que es la firma de la casa. Cada corte es un recordatorio de origen, tiempo y respeto por el animal.

Luego, la propuesta se torna dulce y ligera. El lamington de chocolate y coco rinde homenaje a la tradición australiana con una textura esponjosa y un sabor que reconforta.

En contraste, la pavlova de frutos rojos con helado de nata aporta frescor y armonía, un cierre etéreo tras la intensidad del buey.

El Capricho: un lugar que se siente
Hay tres cosas que uno debería hacer, al menos una vez en la vida: visitar el Prado, recorrer el Bernabéu y poner las manos en la mesa en La Cúpula de El Capricho. Lo demás, simplemente, no sabe igual.
Y en este santuario del buey, donde el fuego susurra historias ancestrales, brilla el alma del equipo: mi más sincera enhorabuena, Vanesa, Noe, Diego, José, Alexander, Jam, Felipe, Gonzalo, Leo y todo ese gran «clan» que es pura familia.
Sois el latido que hace eterno cada bocado en El Capricho —un abrazo leonés que invita a volver con las manos ansiosas por la mesa—.
El Capricho: enlace

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